Bautismo del Señor

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BAUTIZADOS EN  JESÚS

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“Les dijo el Bautista: Yo os bautizo con agua; pero viene el que puede más que yo. El os bautizará con Espíritu Santo”. San Lucas, cap. 3.

 

Seguramente muchos de nosotros hemos constatado, como personas que un día fueron bautizadas hoy no sabrían definir exactamente cuál es su postura ante la fe. Como si Dios nos les dijera nada o sí les dice es algo no tiene nada que ver con sus vidas.

 

Pues ¿Para qué creer? Sí todo en la vida, marche como marche, poco o nada tiene que ver con Dios. Una actitud de abandono, de indiferencia, que se va haciendo cada vez más frecuente, frente a la  experiencia viva de trascendencia. Una ausencia de la que somos responsables tanto individual como eclesialmente.

 

Cuando uno ha sido “bautizado con agua” pero no ha descubierto qué significa “ser bautizado con el Espíritu de Jesús”; cuando uno sigue pensando que tener fe es creer en una serie de cosas extrañas que nada tienen que ver con la vida, es cuando precisamente sucede esto que describimos. Por eso la Fiesta del Bautismo del Señor debe llevarnos a preguntarnos, primero, sobre el ¿para qué creer? y segundo, si como personas y comunidades creyentes ¿somos coherentes con ese auténtico creer?

 

¿Para qué creer? Se cree para vivir en plenitud. Para atrevernos a ser humanos hasta el final. Para defender nuestra libertad, sin rendir nuestro ser a cualquier ídolo esclavizante. Para permanecer abiertos a todo el amor, a toda la verdad, a toda la ternura. Para vivir, incluso los acontecimientos más banales e insignificantes, en profundidad. Para seguir trabajando nuestro propio cambio y crecimiento. Para no perder la esperanza en las personas y en la vida. Se cree para todo esto y mucho más… por eso quien sólo ha sido bautizado con agua y no ha experimentado el bautismo del Espíritu de Jesús, difícilmente lo pueda entender, y esto aunque sea de misa dominical o diaria y busque, en la obsesiva “observancia de la fe”, permanecer en una vivencia del creer, que solamente será agua y no Espíritu Santo y fuego.

 

En efecto, el evangelista nos habla de la experiencia vital de Jesús tras haber sido sumergido en las aguas del Jordán. Una experiencia que supondrá tres elementos: el original nivel de comunicación existente entre él y Dios, tan intimo que “se abrió el cielo”; la confirmación indefinible, pero real, de la presencia de Dios en la vida de Jesús ya que “bajó sobre él el Espíritu Santo” y por último, el contenido de esa relación entre Jesús y su Padre, un contenido que pondrá a Jesús en marcha responsable, hacia el encuentro con las causas humanas como expresión de lo que ha dicho la voz del cielo: “Tú eres mi Hijo…”. Elementos o realidades que deberíamos preguntarnos si son la constante preocupación de nuestra vida creyente, es decir, sí son efectivamente el vestigio de nuestro abrirnos al Espíritu.

 

Abrirnos  a esta experiencia , es acoger humildemente la presencia creadora de Dios en nosotros. Es dejarse purificar, modelar y guiar por la fuerza que animó a Jesús a lo largo de toda su vida. Es vivir la experiencia de un amor envolvente que nos hace invocar a Dios como Padre y acercarnos a los otros como hermanos. ¿Se parece nuestra vida creyente a esto? ¿Fomentamos esto desde la vida eclesial? Una preguntas que evidentemente deben superar el nivel de lo retorico, si no, estaremos sólo bautizados con agua, sin experimentar aún el Espíritu y el fuego de Dios que hoy quiere posarse también sobre nosotros como sus hijos.

 

Pbro. Alexander Pareja Botero Formulario de contacto

Director Pastoral Infantil Arquidiócesis de Medellín

 

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